LA ACEPTACIÓN

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¿Cuántas veces se sufre por diversidad de situaciones que se presentan? Yo, ¡Muchas! Y un día, me puse a analizar detalladamente por qué sufría. Descubrí que la razón de mi sufrimiento era porque no sabía aceptar, me negaba a reconocer y asimilar lo que estaba sucediendo frente a mí en cada momento, y curiosamente muy diferente a mis expectativas, por lo que eso era lo que en realidad me causaba en algunas ocasiones dolor, y en muchas otras molestia, frustración y hasta rabia, asumiendo la postura de <<víctima de las circunstancias>> y dándome como medida de desquite o desahogo la tarea de maldecir, juzgar, culpar a los demás y hasta de vengarme de alguno que otro ante mi infortunio.

Además, descubrí que guardaba en el fondo gran apego a esas expectativas y creencias, ya que estaban asociadas a peticiones de mi ego, encubiertas en necesidades de comodidad, aceptación, atención, aprobación, importancia, reconocimiento, utilidad, protagonismo, cariño y demás. Obvio, cuando por alguna circunstancia no se cumplían, mi mundo se desmoronaba ante la desilusión y decepción. Estas continuas caídas, llegaron a un punto de agotarme por la angustia, frustración, desesperación de no lograr aparentar o conseguir lo que ansiaba del mundo entero, exigiéndoles hasta con malos modos a los demás, sin darme cuenta que mi auténtica alteración venía de lo apegado que estaba a los cánones que marca y nos rige la sociedad para sentirme bien ajustado a ella.

Gracias a que llegué a un punto de saturación y en un grito desesperado de buscar una salida para liberarme de tal martirio, pude percatarme de cada una de mis reacciones asociadas a las diferentes situaciones que me las detonaban una a la otra, generando en mi mente un efecto dominó, al desencadenarse una serie de pensamientos negativos hilados que me conducían una y otra vez, a un pozo obscuro y profundo lleno de una mezcla entre odio, rencor y miedo, rumiando mi queja al sentirme impotente, atrapado en un círculo vicioso de dolor como de enojo y más de sufrimiento al no poder hacer nada al respecto.

Mi alegría, espontaneidad, entusiasmo, apertura y flexibilidad poco a poco se fueron erosionando en la medida que entré en esa postura soberbia, prepotente, rígida de querer cambiar a todos a mi alrededor y de querer que todo funcionara a mi modo ante aquello irremediable fuera de mi control, en esa inconsciencia de luchar para imponer mis condiciones, le hice la vida imposible a la gente a mi alrededor en el trabajo como en casa.

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Al final, me desgasté inútilmente y salí siempre perdiendo. Eso, empezó a amargar mi carácter, me convirtió en pesimista, inflexible, irritable, explosivo e insoportable, al grado de perder el gusto de disfrutar de las cosas que tengo, de las personas que me quieren o de experiencias que se me presentan, adicionalmente que la gente cercana la empecé a alejar, poniendo en riesgo mis relaciones laborales y familiares.

En un momento de hartazgo y a la vez de lucidez, me puse a pensar en cuanto a qué era lo que me estaba pasando, ya que me empezaba a afectar de varias maneras y fue cuando me atreví a cuestionarme, qué pasaría si hiciera algo diferente. El problema en ese momento era que no sabía qué podía ser eso diferente, me sentía como estar en un laberinto sin salida. Fue entonces cuando recordé dos frases que aprendí de mis lecturas, una de ellas es de Albert Einstein <<si quieres obtener un resultado diferente, haz algo diferente>> y la otra dice, <<la última de las libertades de que puede gozar todo ser humano, es la de elegir cómo sentirse ante lo que la vida le presenta>> propiedad de Viktor Frankl, y que en ese momento me hicieron eco en mi cabeza.

¡Claro! Me di cuenta que la vida se presenta tal cual, e impone situaciones que a veces no puedo cambiar a pesar de que yo quiera, simplemente porque están fuera de mi control, lo único que sí puedo hacer ante ellas es cambiar mi actitud. Y por otro lado, me hice consciente de que yo siempre elijo (me diera cuenta o no), de cómo sentirme ante lo que sucede y todo el tiempo había elegido contrariarme, tirarme al suelo como niño berrinchudo pataleando y vociferando toda clase de quejas. Esto me hizo reconocer mi estupidez al querer modificar mi entorno y aun peor e inaudito, querer cambiar o controlar a los demás. Por el contrario, tuve que aprender en tener que asumir responsabilidad de mí mismo, al hacerme cargo de mis propias ideas, interpretaciones, expectativas, creencias, juicios, emociones, reacciones y conductas ante lo que me pasaba.

Que las causas que hacen que yo me altere son a raíz de la forma en que interpreto los sucesos, la forma en que traduzco las situaciones en tono personal y por tanto, las asocio a mis carencias afectivas o a mis expectativas rotas y de ahí armo mi propia historia. El significado de la palabra responsabilidad, es la habilidad de responder por mí mismo y ante mí mismo, de asumir las consecuencias de mis propias elecciones, conscientes o no. Es hacerme cargo de mí persona, es tomar control de mí propio ser, lograr esa mayordomía que me hace tener absoluto autogobierno y no andar como marioneta atado a tanto estímulo sin control ninguno.

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Tener autogobierno es conquistar esa ansiada autonomía y libertad para actuar por mí mismo ante la vida, alejarme del sufrimiento y acercarme al gozo, optar por reír en lugar de llorar, fluir en vez de enojarme, amar y no odiar, afrontar los hechos y dejar de huir, mantener la paz y amar y evitar entrar en guerra y pelear, todo de acuerdo a mis intereses, recursos y circunstancias. Si las situaciones son irremediables, mí opción es elegir mi actitud de aceptar las cosas tal como se presentan, dejarme fluir ante los acontecimientos y, si las situaciones son remediables, entonces mi opción es hacer algo al respecto para cambiar eso que no me gusta por algo más agradable o gratificante. Como pueden notar, todo está en mí, en ti y en cada uno de nosotros. Ahora, al momento de cambiar yo en beneficio propio, todavía hay algo mejor, provoco como proceso natural un cambio en mi entorno, ya que estaré propiciando ante los demás un ambiente de mayor confianza, entendimiento, responsabilidad, respeto, consideración que va a generar armonía y paz para todos.

Lo que les quiero comunicar en este escrito sobre la aceptación, es que en la medida que se entienda que hay muchos, pero muchos aspectos de la vida de los cuales no se tiene control alguno y el hecho de que la vida se presenta tal cual, eso nos reta, desafía y a la vez, faculta como seres racionales y lingüísticos a disponer de nuestros recursos ya conocidos o en potencia para fluir –sin conflicto- ante los acontecimientos cotidianos, que por nuestros juicios los catalogamos como favorables o desfavorables, esperados o inesperados, agradables o desagradables, añorados o indeseables. Nos invita a poner en marcha nuestras capacidades de aceptación, apertura y flexibilidad para acoger las circunstancias tal y como se presentan, de abrazar los acontecimientos tal como son para con ello elegir la respuesta más apropiada para continuar nuestro andar por la vida de manera gentil y gozosa.

Todo esto es una elección y decisión inteligente, propia de un ente pensante, ya que se opta en favor del propio individuo, ya sea, por amor propio o consideración a sí mismo y a los que están alrededor. Aprender a hacerse responsable de sí, da pie a hacer uso de ese gran don como es la libertad para actuar en consecuencia, esa libertad interior para elegir sabiamente pensamientos, emociones, intenciones, deseos, acciones y hasta lenguaje que le edifique, dignifique y empodere a uno. Este es el mejor regalo que se puede dar a sí mismo para convertirse en una mejor persona, sentirse bien consigo mismo, gustarse cada vez más, reconciliarse con su ser hombre o mujer.

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Luego entonces, esto lleva de igual manera a comprender el significado de la palabra aceptación, como esa capacidad que todo ser humano tiene de reconocer la vida como es, al asumir la realidad de los hechos con el absoluto respeto sin que haya conflicto alguno ni ánimos o intenciones de adulterar lo que ya está.

Cabe aclarar, que aceptación no es sinónimo de sumisión; en el primer caso, la persona acoge la realidad en forma consciente, natural, con la salvedad de estar conforme ante la realidad de los hechos, en cambio, la sumisión es la postura de optar someterse a la voluntad de otro, optar condescender por temor, a lo cual anula o ignora sus valores y con ello se traiciona a sí mismo a pesar de sentir esa inconformidad y se forza a doblegarse a sí misma ante tales circunstancias. De no darse cuenta de esto, se piensa que es el otro el que llega a someterle mediante coerción y es como surge una callada sensación de rebelión, una rebeldía pasiva, una lucha interna llena de rencor que conduce al individuo a buscar revanchismo o venganza generalmente de forma clandestina bajo el pensamiento de <<Ya llegará el día…..>>. Esta no es una aceptación genuina, porque la lucha continúa a un nivel inconsciente. Esta entrega temporal hace que persistan tensiones y resentimientos. Pero cuando la capacidad de aceptar funciona como una entrega total consciente, entonces no queda ningún vestigio de insatisfacción ni malestar; en cambio hay relajación, liberación de tensiones, reducción de conflictos y por ende, se experimenta paz.

Por tanto, el significado de aceptación invita a diseñar un estado mental que provoque armonía, en el que el individuo está dispuesto a recibir más bien que a rechazar, de fluir en lugar de resistir, de avanzar en vez de atorarse; y con ello se faculta para gozar lo que hay y sentirse profundamente agradecido al saber apreciar, pudiendo ver la vida desde otra perspectiva más constructiva, percibirla como un gran regalo, un maravilloso privilegio el estar aquí y ahora. En el instante en que entienda usted, que la aceptación es recibir, acoger, abrazar, recibir, aprenderá lo que significa abrirse a la experiencia, a estar receptivo a lo que se le presente en ese momento, sin luchar ni huir, más aún, puede colaborar con el Universo en la generación de mayores cambios en un estado de paz, en estado de inocencia. Obvio que esto cambia el observador de cualquiera como consecuencia lógica así como la forma de vivir, al ya no estar atrapado en esa maraña de pensamientos permisivos por condicionamiento e historia, liberado de expectativas, liberado del juego de las apariencias, apegado a lo auténtico a lo real, liberado del mal hábito de culpar a los demás, liberado del dolor y del sufrimiento ante la continua frustración y desilusión, listo como dispuesto a sanarse física, emocional y socialmente.

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Ahora intente estar en el aquí y en el ahora, en el eterno presente como lo indica Eckart Tolle, viviendo intensamente en conciencia cada momento, contemplando lo que le rodea con total inocencia, en espera del acontecer y optando fluir en él tal como surge, hacerse participe e involucrarse con la vida de manera activa en ese instante. Aceptar, no significa desentenderse de los aspectos que reclaman atención; no, significa actuar en consecuencia, pero sin violentarse ni agredir a los demás, sea con la intención de prevenir, corregir o mejorar todo aquello que puede convertirse en algo peligroso, insalubre, riesgosos, dañino, trágico.

Entonces, se puede concluir que la paz, la felicidad, la seguridad, la satisfacción y la realización, como estados esenciales para el bienestar y plenitud, es una tarea interior, dependen exclusivamente de cada quien, y más concretamente, de las elecciones conscientes que cada individuo haga, de cómo relacionarse con lo que le acontece, de estar atento y cuidar lo que piense, lo que sienta y como actúe, ya que de esa manera se vuelve el conductor de su propia vida, el arquitecto de su destino, el actor principal de su propia obra dejando de ser el pasajero que lo llevan por doquier, el espectador que se conforma en ver pasar los acontecimientos con total pasividad conformándose en disfrutar los éxitos de los demás.

Por ende, acepte de manera responsable a partir de hoy su andar por este mundo maravilloso, acepte sus emociones como esas alarmas que le indican que algo hay en usted que requiere reparación y que el mundo lo único que hace es detonarlas para que tome conciencia de sí mismo. No se enganche en el efecto (sensaciones y reacciones), tampoco ponga atención en aquello del mundo exterior que lo hace reaccionar, sino dedique tiempo para descubrir qué es en verdad aquello (contenidos) que le pertenece a usted no resuelto que aflora ante la mínima provocación del mundo a su alrededor. Medite seriamente en esto que le acabo de decir. Actuar así, ¡es tener inteligencia emocional!

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Maestro en Desarrollo Humano Ricardo Alonso

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